sábado 24 de julio de 2010

Mindelo

Genocidios

En el continente africano las cosas a menudo no son como parecen, y no pocas veces han existido intereses turbios neocoloniales detrás de los grandes acontecimientos recientes. Cuando esos acontecimientos se saldan con la muerte de cientos de miles de personas, se les aplica el calificativo de genocidio, se buscan a unos cuantos nativos propicios como culpables y se activa la regla abusiva de la cortina de humo para esconder los pecados de los máximos representantes de la comunidad internacional.

Si ha habido un episodio sangriento y descomunal en la África contemporánea del que todavía no se ha explicado toda la verdad, éste ha sido las matanzas de Ruanda y Burundi de los años noventa del pasado siglo. Y no se ha profundizado lo suficiente porque algunas potencias mundiales tuvieron mucho que ver en la negra historia de un pueblo conformado por dos etnias, hutu y tutsi, en el que fue creciendo poco a poco un sentimiento de rencor tal que se convirtió de pronto en combustible al que sólo había que acercarle una cerilla para incendiarlo.

Lo cierto es que la actuación de Bélgica, metrópolis histórica de la actual Ruanda, que colocó a la minoría tutsi en la cima del poder mientras le convino, a pesar de saber que la mayoría hutu se sentía afrentada por el dominio sistemático y axiomático del adversario, provocó una reacción en cadena que fue la que derivó posteriormente en sucesivos enfrentamientos cada vez más sanguinarios. Los tutsis fueron masacrados y expulsados por los hutus, armados y apoyados logísticamente por Francia, en 1994 bajo el lema de “golpeemos juntos”, con un papel destacado de miembros de la iglesia católica local, que arengaba desde la Radio de las Mil Colinas a la “caza del tutsi”, en lo que fue el gran genocidio de la región. Algunos observadores hablan de que todo estuvo bien planeado de antemano, con una permisividad extrema que facilitaba a las milicias hutus comprar armamento y machetes financiados nada menos que con el dinero sacado de programas de ayudas de cooperación al desarrollo internacionales.

El Frente Patriótico Ruandés, compuesto por exiliados tutsis, entre los que se encontraba el actual jefe del Estado, Paul Kagame, repudiado en Madrid por Zapatero, había invadido varias veces el país desde la vecina Uganda, a donde habían huido, hasta que los acuerdos de Arusha les permitió volver y participar en el Gobierno. La muerte en 1994 del entonces presidente de Ruanda, el hutu Juvenal Habyarimana, y de su homólogo de Burundi, Cyprien Ntaryamira, en un atentado aéreo del que aún no se ha podido probar ninguna autoría, desembocó en la gran masacre que se saldó con la muerte de aproximadamente 800.000 ruandeses, sobre todo de la etnia tutsi.

Mientras ocurría la dantesca tragedia, el mundo entero parecía ajeno al paroxismo y no se preocupó de intervenir para detener la barbarie, hasta que la magnitud del drama casi se extinguió por si misma. Ni Estados Unidos, ni Francia, ni Bélgica, ni Alemania, ni la ONU, reaccionaron más que para especular con sus intereses en la región. Y la comunidad internacional continúa señalando a los culpables entre los integrantes de estas dos etnias, que hoy hacen todo lo posible por olvidar e iniciar una nueva fase de la historia de un pueblo traumatizado por el odio y el dolor.
Monumento en Dakar.

sábado 17 de julio de 2010

La sucesión de Wade

Cada vez se habla más en Senegal de la sucesión del actual presidente, el octogenario Abdoulaye Wade, que ha venido gobernando el país durante los últimos diez años. La escena política de la nación vecina se ha encendido desde que apareció en ella su hijo Karim, primero de una forma prudente, con el encargo en 2002 de dirigir la Agencia Nacional de la Organización de la Conferencia Islámica, que ha cambiado notablemente el rostro de Dakar debido a la inversión económica de 57 países musulmanes de todo el mundo, para ostentar en la actualidad las carteras de Estado, Cooperación Internacional, Planificación Regional, Transporte Aéreo e Infraestructuras. Su protagonismo en el Ejecutivo ha sido tan progresivo y meteórico que se ha rumoreado que el padre prepara la “abdicación” en su hijo antes de las elecciones generales de 2012, como si de una monarquía hereditaria se tratara.

Precisamente, esta semana el periódico “Le Soleil” senegalés publicaba una entrevista con el poderoso vástago en la que éste desmentía categóricamente esa posibilidad, en respuesta a una pregunta de un periodista norteamericano, e incluso tachaba la supuesta maniobra de insulto a un pueblo que goza de una de las democracias más antiguas del continente. Añadía que cualquier persona que quiera acceder al cargo más alto del Gobierno debe viajar por todo el país para presentar su proyecto político y ganarse la confianza de los ciudadanos, convenciéndoles de la necesidad de elevar más que nunca los valores de la libertad e igualdad y erradicar la pobreza mediante la creación de empleo.

Sin embargo, las dudas surgen por doquier, no sólo entre los partidos de la oposición, sino también entre muchos de los aliados del presidente, que se han ido distanciando e incluso han abandonado su Partido Democrático de Senegal (PDS), del que es fundador el propio Wade, de inspiración liberal y centrista, y militan actualmente en otras formaciones nuevas. Es el caso de los ex primeros ministros Idrissa Seck, alcalde de Thiès y líder del Rewmi, que en wolof quiere decir “El País”, y Macky Sall, alcalde de Fatick y presidente de la Alianza para la República, quienes se presentaron en las últimas elecciones municipales de 2009 fuera del PDS y asistieron a la debacle del mismo en las ciudades más importantes de Senegal, entre ellas la propia Dakar, a la que Karim se presentaba como cabeza de lista, en favor de Khalifa Ababacar Sall, del Partido Socialista.

Lo que está claro es que muchos observadores siguen insistiendo en que el sueño de Wade para que le suceda su propio hijo no ha desaparecido y que estos dos años que quedan hasta las próximas elecciones servirán para comprobarlo, dado que se espera que ambos van a tener un desesperado protagonismo en futuras acciones para encausarlo y deberán luchar contra la desintegración del PDS y la efervescencia de los partidos de la oposición, cada día más unidos y agraciados paulatinamente con el apoyo popular. El anciano presidente debe ahora diluir el foco de atención que se ha posado sobre Karim, reconstruyendo su partido, atrayendo a los huidos, despejando la acción de gobierno, atajando las corruptelas y elevando el papel de la mujer, tanto en la sociedad senegalesa como en las instituciones, y así, quizás, pueda lograr colocar alguna herencia política consanguínea en el futuro del país.

sábado 10 de julio de 2010

África Andando


Entre aquellas personas que han pisado territorio africano persiste una sensación común de que algo ha cambiado en sus existencias para siempre. La filosofía de subsistencia que caracteriza a la mayoría de los pueblos del continente vecino empujan al visitante a un estado de reflexión constante sobre qué es lo importante de la vida y lo que no. La solidaridad, el cariño, el respeto a la naturaleza y la comunión familiar de la que hacen gala generalmente las sociedades subsaharianas nos envuelven con cierto estupor a la hora de volver la vista atrás para acordarnos de la civilización occidental en la que vivimos, llena de competitividad, materialismo, consumismo y vanos paraísos con los que somos tentados cotidianamente para gastar el dinero que ganamos muy por encima de cualquier otro salario africano, puesto que con un sueldo de los que se perciben en Europa se podría mantener a una familia entera durante varios meses en los países cercanos.

Estos y otros muchos aspectos serán los que se encontrarán los 20 jóvenes que viajaron ayer a Senegal para participar en el proyecto África Andando, una de las más interesantes iniciativas que se producen en Canarias para fomentar la cooperación con el continente vecino. Se podría decir que África tiene desde ayer 20 aliados nuevos con una edad -entre los 15 y 17 años- muy prometedora, porque es como si sembráramos el pensamiento positivo en unas generaciones que más pronto que tarde ocuparán puestos relevantes en el Archipiélago.

Esos chicos y chicas regresarán de su viaje de 14 días con sus impresiones de primera mano, que les hará convenir en que el continente negro no son sólo las guerras, el hambre, la miseria, los desastres humanitarios o las guerras, sino que comprobarán que más bien la tónica general de las comunidades que visitan es la paz, la comunicación, unas culturas muy vivas, la generosidad y la teranga, que es como se conoce en Senegal la hospitalidad. Volverán deseando repetir la experiencia muchas veces, sabiendo ya que hay otra forma de concebir el mundo muy diferente a la nuestra, a tan sólo escasos kilómetros de nuestras costas.

Es muy interesante además que convivan con grupos de muchachos nativos de su misma edad y que compartan actividades y vivencias que impregnarán mejor la forma de entender al otro, tan necesario en esta época de injusticias que permiten que mientras una cuarta parte de la Humanidad vive derrochando riquezas, el resto del planeta lo hace apenas con 1 euro diario. Que entiendan que las posesiones que nos inculcan a tener para ser felices en nuestras sociedades, en esos otros pueblos es simplemente el uso de lo que se va a consumir lo que se tiene día a día, y por ello no son más desgraciados. Al contrario, vendrán asombrados de la alegría que se han encontrado y de las sonrisas blancas de sus compañeros del otro lado del mar, que les preguntarán muchas cosas sobre Canarias y sus gentes.

Ojalá que nuestros jóvenes les cuenten que muchos chicos y chicas como ellos han muerto en medio del océano, o que han llegado a nuestras playas agotados y desfallecidos para acceder a un futuro en una tierra en la que echarán de menos sus costumbres y en la que tendrán que luchar mucho, con la soledad del extranjero, para poder acceder a un puesto de trabajo que les devuelva de nuevo con los suyos.

domingo 4 de julio de 2010

Cerca de Thiès.

sábado 3 de julio de 2010

Las máscaras de Obiang

El presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, parece haber recibido el más que lógico rechazo de la comunidad internacional a que la UNESCO institucionalizara un premio científico en su honor con evidente disgusto. El dictador no ha tardado mucho en responder a través de un discurso en Sudáfrica para proclamar que va a emprender reformas masivas con el fin de promover la transparencia en su país, en una intervención en la que –dicen- ha mostrado su lado más humilde para pedir el respaldo de las instituciones multilaterales, en su intención de aplicar un paquete de medidas que, de cumplirse, se convertirían en una iniciativa histórica en sus 31 años en el poder.

Sin embargo, tal y como ya han criticado los opositores en el exilio, parece ser que se trata de la enésima maniobra del ventilador con el que maneja las acusaciones que le vienen golpeando por todos los flancos, porque el mandatario, aparte de pretender perpetuarse a través de un emblemático colofón de bien intencionado mecenazgo con fondos públicos -unos dos millones y medio de euros- para redimir sus culpas, no ha dudado en exponer que las críticas a su forma de gobernar, entre las que se encuentran las denuncias por que los cuantiosos ingresos por el petróleo sólo benefician a su familia y a sus protegidos mientras el pueblo se mantiene en la pobreza absoluta, son falsas y que, para demostrarlo, aplicará un programa de cinco puntos durante diez años en estrecha colaboración con la comunidad mundial y la Unión Africana.

Entre esas medidas, Obiang dice que rendirá cuentas públicas de las ganancias del sector energético y que potenciará un fondo de desarrollo social para que las riquezas sean invertidas en escuelas, salud, turismo, viviendas, infraestructuras, la creación de empleo y el desarrollo de instituciones democráticas, entre otras alternativas destinadas a elevar el nivel de vida de los ciudadanos. Además, asegura que implementará una reforma jurídica integral para defender los derechos humanos y civiles y, lo que es más curioso, que adoptará medidas de apoyo a la prensa local para que pueda actuar con independencia y libertad.

A estas alturas ya no se sabe si el dictador está cargado de un cinismo ciego para intentar confundir a la opinión pública mundial, cosa imposible dadas las innumerables evidencias de la aciaga praxis con la que trata a su comunidad de un millón de habitantes, o con los años se ha vuelto absolutamente senil, tanto como para ir de frente hacia unos testimonios demoledores, intentando camuflar sus actuaciones y la de los suyos, como la de su hijo Teodorín, inmerso en un proceso de saqueo monumental de fondos estatales; como si de un juego infantil del escondite se tratara.

La otra parte de la versión de los críticos más significados, como Severo Moto, Justo Bolekia o Donato Ndongo, entre otros, me la dio recientemente la intelectual María Nsue, lúcida escritora ecuatoguineana, quien me aseguró, con toda su convicción, que el viejo presidente estaba siendo engañado por todo el mundo en su país y que él mismo le había asegurado que estaba rodeado de corruptos, algo típico de aquél que se escurre con las tinieblas en sus talones, en un ambiente de alquimia ancestral lleno de demonios y máscaras africanas imposible de dilucidar. Digo yo.

sábado 26 de junio de 2010

La Gran Muralla Verde

Palacio Presidencial (Dakar).


El presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, está empeñado en un nuevo proyecto colosal, si bien esta vez la iniciativa, aunque parece ser más edificante que la de la famosa, protestada y carísima estatua del Renacimiento Africano en Dakar, es muchísimo más ambiciosa. El mandatario lidera la creación de la “Gran Muralla Verde”, un cinturón vegetal de más de 7.000 kilómetros de largo y 15 de ancho que se extenderá a través de varios países para detener el imparable avance del desierto norte-sur, que engulle 1,5 millones de hectáreas de terreno saheliano cada año.

El proyecto fue tratado recientemente por los estados implicados en una cumbre celebrada en Yamena, la capital de Chad, convocada para luchar contra el cambio climático, cuyos representantes al parecer han dado el visto bueno a esta empresa que, de tener éxito, conformará una barrera de árboles y arbustos resistentes a la sequía, en el plazo de tres años, entre el propio Senegal y Yibuti, en el extremo oriental de África, es decir, que atravesará todo el continente desde el océano Atlántico hasta el Índico. Casi nada.

Por lo pronto, Wade asegura que ya trabajan en su ejecución unas 2.000 personas desde el pasado mes de agosto, y que su gobierno ha invertido unos dos millones de dólares hasta la fecha, que han servido para plantar nada menos que 525 kilómetros de barrera. El resto de los países que tendrían que ponerse manos a la obra, además de Senegal y Chad, son Burkina Faso, Níger, Nigeria, Sudán, Malí, Mauritania, Etiopía y Eritrea, entre los que figuran varios con los índice de pobreza más elevados del mundo y graves procesos de conflictos civiles en sus territorios.

En principio, ésta iba a ser una ejecución netamente africana y un modelo a seguir para auspiciar la unidad en el Sahel, pero poco ha durado la intención. Wade ya ha pedido a la comunidad internacional y al Banco Mundial su apoyo para llevarla a cabo, una lástima, porque la otra lectura positiva de la iniciativa era precisamente que varios países del continente iban a trabajar juntos para llevar a cabo un gran proyecto y que esa unidad podría ser un estímulo para el despegue del panafricanismo, tan evocado desde los tiempos de la descolonización.

Ahora bien, lo que no se le puede negar al presidente senegalés es su firme convicción -o atrevimiento- para tirar de una idea que suena más a uno de sus sueños faraónicos que a una posible tarea factible, dados los enormes problemas que surgen por el camino, pues todos y cada uno de los países implicados deben comprometerse a contribuir con la generación de su parte del cinturón y su mantenimiento constante, a pesar de las situaciones de incertidumbre que surgen por doquier.

En última instancia, parece ser que África comienza a imitar a China, porque fue el gigante asiático el primero que llevó a cabo una empresa similar y con los mismos objetivos para cruzar la Mongolia interior, aunque la distancia a cubrir fue 10 veces menor que la que pretenden los africanos, por lo que el reto de Wade no sólo tiene visos de ser una empresa titánica de remota culminación, sino que puede quedarse en otro de los gestos megalómanos de este octogenario que en los últimos años parece querer pasar a la Historia por la puerta grande, sea como sea.

sábado 19 de junio de 2010

Isla de Gorée. Senegal.

Hampâte Bâ

Acabo de concluir la lectura de un bellísimo libro. Se trata de “Amkullel, el niño fulbé”, de Ahmadou Hampâte Bâ (1900-1991), traducido y editado por Casa África, en el que el autor describe etapas de su juventud como si de una enciclopedia resumida sobre la reciente historia y costumbres de la Curva del Níger se tratase. El volumen se desplaza por múltiples aspectos de su vida, en los que entrelaza el devenir de los reinos, imperios y estirpes de la región con relatos que describen con gran sensibilidad la idiosincrasia africana. Sus líneas transportan al lector por escenas humanas de una civilización de noblezas, lealtades, integridades, armonías ancestrales y el gesto compartido de personas de diversas etnias que en su camino van dejando, aún en medio de las desgracias comunes, la huella de los muchos valores que Occidente ha perdido definitivamente para ser lo que es hoy.

Reconozco que tenía mucho interés por acercarme al espíritu de Hampâte Bâ, desde que un día, hace varios años, me lo nombrara un colega de Senegal para repetirme una de sus frases más celebres, que sugiere que cuando un anciano se muere en el continente vecino, una biblioteca se extingue; y que viene a representar la desaparición de la sabiduría que atesoran los mayores como vehículos de la tradición oral heredada a lo largo de milenios, y que les hace ser respetables y respetados para las sociedades negras como un valor imprescindible de la culminación de la familia. La esencia de esa tradición oral no es incompatible con la imprenta ni con los avances tecnológicos porque está muy arraigada a la poderosa forma de ser del africano, incluso cuando escribe.

Por otra parte, la obra de este narrador y etnólogo maliense se ha convertido en una de las referencia por excelencia de la literatura africana, pues combina el tesoro de sus vivencias cargadas de africanidad con la ortodoxia literaria occidental, de tal forma que es posible para el extranjero entender y sentir en profundidad el encanto y las virtudes de la historia mítica de la que emanó la humanidad, con cercanía, calidez y hasta envidia sana por la felicidad con que, en líneas generales, las comunidades nativas existen y se vienen sucediendo unas a otras hasta la actualidad.

Las páginas que escribió Hampâte Bâ para describir el entorno de su niñez emocionan porque surgen de ellas las evidencias de una manera de vivir y entender la naturaleza que los occidentales recordamos sin haberlas vivido, de la misma forma que, cuando se pisa África, algo dentro de nosotros nos reclama como africanos, como si nos reconociéramos debajo de una pátina de polvo, en una escuelita remota o en algún rincón de cualquier paraje que creemos recordar desde el territorio de nuestros sueños.

“Amkullel, el niño fulbé” es un gran poema en prosa que lleva aparejada la epopeya del día a día, la ternura inmensa de una mente privilegiada y el testimonio de múltiples formas de expresar las razones de por qué el continente cercano es tan diferente. Nos empuja hacia la grandeza que se esconde debajo del escaparate ñoño, primitivo y descentrado con que los occidentales solemos percibir la realidad africana y, de camino, nos ayuda a profundizar en otra forma de entender la vida desde una perspectiva paradójicamente nueva, no sin cierto apego a la fina ironía, a la candidez celebrada y al humor sereno de quienes no abandonan las tradiciones ni a sí mismos.

sábado 12 de junio de 2010

El balón rueda ya


Ha comenzado el Mundial de Fútbol y el planeta entero dirige sus ojos por primera vez hacia el continente vecino, no para lamentar matanzas, hambrunas, guerras o desastres humanitarios, sino para disfrutar de un deporte que une las antípodas, incluso para este territorio que ha sido secularmente vencido, saqueado e ignorado por la civilización contemporánea del desarrollo, la democratización universal y la tan cacareada globalización.

El balón rueda ya en el estado anfitrión, Sudáfrica, que fue precisamente uno de los nombres por el que más repicaron las campanas informativas de la segunda mitad del siglo pasado, debido al proceso más llamativo de la lucha racial, el apartheid, en el que los nativos negros fueron desplazados durante décadas de cualquier opción de poder y dignidad por el régimen blanco afrikáner.

El balón rueda ya en el continente olvidado, un continente para el que el fútbol es un milagro o la tabla de salvación de un puñado de elegidos y sus familias, como Eto’o, Drogba o Zidane, y un juego muy serio para la aspiraciones de muchos chicos que juegan con las camisetas raídas del Barcelona, del Madrid o del Manchester United, en esos campos polvorientos, con balones de trapo y porterías desvencijadas, casi siempre mojones, en cualquier rincón de las ciudades o de las inmensas llanuras en las que se difuminan los pueblos desheredados de la mundialización.

El balón rueda ya en la tierra del gran icono de la esperanza africana, Nelson Mandela, que auspició una reconciliación casi imposible entre una ciudadanía dividida por el odio y el rencor absolutos, sobrevenidos por aquellos dilatados episodios de brutalidad, abusos y deshumanización racista que supuso el régimen separatista; un ídolo de la integridad y la conciencia negra que forma parte en vida de la leyenda que distingue a mitos como Nkrumah, Sankara, Cabral o Senghor, fallecidos hace años.

El balón rueda ya en muchos arrabales y aldeas africanas donde no hay agua corriente, electricidad, servicios sanitarios ni educación, pero donde sus gentes se reúnen frente a un único televisor para ver a los negros jugar contra los blancos, atletas millonarios que corren detrás de una pelota y cuyas fortunas superan muchas veces los presupuestos de sus pueblos, ciudades y estados, sin que nadie pueda parar ese carrusel desbordado de cifras injustas e inhumanas.
El balón rueda ya en un continente que lleva siglos esperando el respeto, la igualdad y la oportunidad de mostrarse tal como es, sin que eso suponga escarnios prepotentes ni el desprecio de otra civilización que se cree la destinataria del don de la verdad, de la impunidad, de la sabiduría y de la razón omnipresente que aliena cualquier otra forma de existir o de pensar.

El balón rueda ya en África y todo el planeta lo mira no para ver las paupérrimas tasas de escolarización, la mortalidad infantil debido a la falta de medicamentos, la ausencia de oportunidades para los jóvenes, el fruto de la decadencia del poder por el poder o la condena a la que están resignados cientos de millones de personas por haber nacido en la otra parte del espejo, sino para celebrar unos goles efímeros de un circo que genera unas riquezas que harían crecer campos y campos de trigo en el continente más pobre del mundo.

sábado 5 de junio de 2010

Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar